domingo, 14 de julio de 2013

Tus ojos ya no brillan.

Te juro que no quiero hacerte daño, te juro que quiero hacerte bien.

En mi despensa ya no acumulo cantidades industriales de tu comida favorita ni pienso en ver contigo una ristra enorme de películas cursis y románticas. No está tu ropa en mis cajones ni huele a ti mi cuarto. No es tu hueco el de mi cama, ni tu sitio mi cabeza. No voy a regalarte esa entrada de concierto ni invitarte a comer a un sitio bonito. No espero que tus manos me quiten la ropa ni que tus besos me quiten el miedo. 
Era bonito, era inmenso y único, era todo. Era. Ya no es. Y ya está, ya no es nada, solo fue. Me ha costado muchas noches echarte de mis sábanas y muchos llantos dejar de llorarte. De hecho, te llevaste todas y cada una de mis lágrimas y no te has ido hasta que no me has dejado sin una puta gota. Ya no lloro, no lloro nunca, me sequé. Se me secaron los ojos igual que me secaste el corazón. Igual que me secaste la vida y las ganas, igual que te levantaste un día de mi cama y ya no volviste. Sin más, ni menos. Bueno sí, mucho menos.

Te anclaste en la cabeza y te apoderaste del alma hasta el punto de que me acostumbré a vivir con tu presencia, era como llevar el móvil y las llaves, igual te llevaba a ti. Me hice a la idea de que nunca saldría de tu agujero. Tu juguete viejo. Tu juguete roto. Tu juguete, al fin y al cabo. Hubiese jurado que era inmortal, hubiese puesto la mano en cualquier fuego, y me hubiese(s) quemado.

Pero un día me levanté y ya no eras. Ya no eres. Siempre vas a estar, pero ya no volverás a ser. He tenido pesadillas cada noche y me he despertado con la vida muerta cada mañana. Hasta que llegó ella.
No lo dudes, yo siempre voy a estar, para ti, pero ya no vamos a ser. Ya no quiero pelearme con los muros de esta ciudad cuando tus ojos no me miran ni me sangran los nudillos porque no me hablas. Tú, pasas por mi lado, indiferente, y no hay dolor, hay pena. Mucha pena. Y la pena es el fin. El frío y el calor ya no tienen que ver contigo. 

Sin embargo, yo nunca te voy a faltar, ni a fallar. No voy a dejar de correr si me necesitas ni voy a querer alejarme demasiado de ti. Ojalá seas muy feliz y ojalá tengas mucha, mucha suerte.

¿Sabes cuándo te das cuenta de que ya no quieres a alguien? Cuando ya no la ves tan guapa. 
Yo ya no te quiero, tú ya no me dueles.

sábado, 13 de julio de 2013

¿Qué duro no? Me refiero a estar lejos. Me refiero a qué frías están las sábanas, al mal humor que tengo por la mañana y a lo poco buenas que son ahora las noches. No sé, la distancia y toda esa mierda. Bueno, el amor y toda esa mierda, mejor dicho.
Una de las cualidades de esto (la mejor y la peor, de hecho) es la capacidad para hacer extraordinarias las cosas más normales. Sí, exactamente como sale en las películas. Ya nada es igual, ni siquiera comerte un helado o simplemente, andar. Sí, he dicho andar. Puede que esté loca o que haga ya mucho tiempo que dejé encerrada la lógica y la razón, pero nunca he dicho nada más cuerdo.
He andado esta semana por las calles, por las de esta ciudad y por otras,  y mis manos estaban perdidas, volando solas, mis pies daban pasos necios y ningún camino ha sido suficientemente bueno, suficientemente nuestro.
Al principio pensé que era  la magia de los sentimientos pero ¿cómo pude ser tan estúpida? La magia es ella. Ella es magia y hace magia, y ni siquiera lo sabe, por eso es aún más magia. Porque nunca se ha dado cuenta de lo extremadamente bonito que me parece que siempre escoja el mismo sabor de helado y que busque y rebusque en los cuencos hasta encontrar la cucharilla morada. Y luego la guarda, de recuerdo, como un objeto eterno que siempre encerrará ese sabor y esa noche. Ojalá encerrara el sabor de sus labios, o cómo sienta su boca en la oscuridad. Y en la luz. Siempre sienta bien.
Es magia porque no sabe cuántas horas podría mirarla mientras pinta y ni siquiera se imagina cuántas veces he escuchado sus grabaciones y he retado al tiempo viendo girar las manecillas mientras su voz me cantaba.
A veces, cuando cree que no me doy cuenta, se queda mirándome. En la calle, en la cama. Donde sea, siempre lo hace y yo siempre la veo pero nunca, nunca le digo nada porque no sé quién es más feliz en ese momento.
Pero ahora no me mira, y no comemos helado. Ni siquiera le cantamos nanas a esta ciudad cuando la noche se vuelve negra y la tenemos bajo nuestros pies (igual que tenemos el resto del mundo), como siempre hacemos. 
Desde que se fue no hay luz ni magia, sus manos no me tocan y sus ojos no me miran, y su boca me habla pero su cuerpo no.

Quiero que esté aquí, quería que hubiese estado aquí este trece para discutir como siempre si van tres meses, como yo digo, o cinco, como siempre dice ella. Quiero que esté aquí para ver cómo me responden sus preciosos ojos verdes cuando le digo que la quiero. Quiero que este aquí para ver cómo se peina el pelo.
Quiero que esté. Aquí.