martes, 26 de noviembre de 2013

Never Land.

Los días se precipitan como lo han hecho los años, como las hojas del calendario, como las de otoño. Como todo otoño. Las horas se me han escapado a la velocidad que se retira el pelo del cuello de un minúsculo gesto, con la misma timidez que una niña, fuerte, que se seca una lágrima desobediente antes de que nadie pueda verla.
Y qué poco me gusta.
Ojalá al cerrar los ojos pudiera sentir entre mis dedos la tensión con la que esperaba los días como el que viene, y me quemara de impaciencia las ganas con el fuego de las velas. Qué bonito destrozar los papeles de regalo y contar los segundos para la hora redonda.
Y qué triste.
Crecer y madurar. Ambiciones, superaciones, responsabilidades, tirar. Sobrevivir. Convertirte en un superviviente de lo que la vida implica, y del regalo de soplar más fuerte, porque hay algo más que apagar. Soplar más fuerte, ser más fuerte. Crecer antes era un número más de pie y una hora más tarde que llegar a casa. Crecer es obligarte a aceptar que hay cosas que vas a tener que admitir, aprender a decir adiós, personas que te van a fallar y otras que vas a agarrar para que no se vayan. Problemas que te cargarás a la espalda y sonrisas que te echarás en la cara. (Des)ordenar tus prioridades. Quizá hay cosas que siempre van  a ser amargas.
Hay una persona, de esas que me quieren, que siempre dice que lo hago todo al revés que las demás personas. Quizá tenga razón. Preferiría llegar una hora más tarde a casa.
Crecer es darte cuenta de que quedan dos días para tu cumpleaños, y has tenido otras cosas que cumplir.
Soplar una vela más, contar un año menos.