martes, 26 de noviembre de 2013

Never Land.

Los días se precipitan como lo han hecho los años, como las hojas del calendario, como las de otoño. Como todo otoño. Las horas se me han escapado a la velocidad que se retira el pelo del cuello de un minúsculo gesto, con la misma timidez que una niña, fuerte, que se seca una lágrima desobediente antes de que nadie pueda verla.
Y qué poco me gusta.
Ojalá al cerrar los ojos pudiera sentir entre mis dedos la tensión con la que esperaba los días como el que viene, y me quemara de impaciencia las ganas con el fuego de las velas. Qué bonito destrozar los papeles de regalo y contar los segundos para la hora redonda.
Y qué triste.
Crecer y madurar. Ambiciones, superaciones, responsabilidades, tirar. Sobrevivir. Convertirte en un superviviente de lo que la vida implica, y del regalo de soplar más fuerte, porque hay algo más que apagar. Soplar más fuerte, ser más fuerte. Crecer antes era un número más de pie y una hora más tarde que llegar a casa. Crecer es obligarte a aceptar que hay cosas que vas a tener que admitir, aprender a decir adiós, personas que te van a fallar y otras que vas a agarrar para que no se vayan. Problemas que te cargarás a la espalda y sonrisas que te echarás en la cara. (Des)ordenar tus prioridades. Quizá hay cosas que siempre van  a ser amargas.
Hay una persona, de esas que me quieren, que siempre dice que lo hago todo al revés que las demás personas. Quizá tenga razón. Preferiría llegar una hora más tarde a casa.
Crecer es darte cuenta de que quedan dos días para tu cumpleaños, y has tenido otras cosas que cumplir.
Soplar una vela más, contar un año menos.

domingo, 14 de julio de 2013

Tus ojos ya no brillan.

Te juro que no quiero hacerte daño, te juro que quiero hacerte bien.

En mi despensa ya no acumulo cantidades industriales de tu comida favorita ni pienso en ver contigo una ristra enorme de películas cursis y románticas. No está tu ropa en mis cajones ni huele a ti mi cuarto. No es tu hueco el de mi cama, ni tu sitio mi cabeza. No voy a regalarte esa entrada de concierto ni invitarte a comer a un sitio bonito. No espero que tus manos me quiten la ropa ni que tus besos me quiten el miedo. 
Era bonito, era inmenso y único, era todo. Era. Ya no es. Y ya está, ya no es nada, solo fue. Me ha costado muchas noches echarte de mis sábanas y muchos llantos dejar de llorarte. De hecho, te llevaste todas y cada una de mis lágrimas y no te has ido hasta que no me has dejado sin una puta gota. Ya no lloro, no lloro nunca, me sequé. Se me secaron los ojos igual que me secaste el corazón. Igual que me secaste la vida y las ganas, igual que te levantaste un día de mi cama y ya no volviste. Sin más, ni menos. Bueno sí, mucho menos.

Te anclaste en la cabeza y te apoderaste del alma hasta el punto de que me acostumbré a vivir con tu presencia, era como llevar el móvil y las llaves, igual te llevaba a ti. Me hice a la idea de que nunca saldría de tu agujero. Tu juguete viejo. Tu juguete roto. Tu juguete, al fin y al cabo. Hubiese jurado que era inmortal, hubiese puesto la mano en cualquier fuego, y me hubiese(s) quemado.

Pero un día me levanté y ya no eras. Ya no eres. Siempre vas a estar, pero ya no volverás a ser. He tenido pesadillas cada noche y me he despertado con la vida muerta cada mañana. Hasta que llegó ella.
No lo dudes, yo siempre voy a estar, para ti, pero ya no vamos a ser. Ya no quiero pelearme con los muros de esta ciudad cuando tus ojos no me miran ni me sangran los nudillos porque no me hablas. Tú, pasas por mi lado, indiferente, y no hay dolor, hay pena. Mucha pena. Y la pena es el fin. El frío y el calor ya no tienen que ver contigo. 

Sin embargo, yo nunca te voy a faltar, ni a fallar. No voy a dejar de correr si me necesitas ni voy a querer alejarme demasiado de ti. Ojalá seas muy feliz y ojalá tengas mucha, mucha suerte.

¿Sabes cuándo te das cuenta de que ya no quieres a alguien? Cuando ya no la ves tan guapa. 
Yo ya no te quiero, tú ya no me dueles.

sábado, 13 de julio de 2013

¿Qué duro no? Me refiero a estar lejos. Me refiero a qué frías están las sábanas, al mal humor que tengo por la mañana y a lo poco buenas que son ahora las noches. No sé, la distancia y toda esa mierda. Bueno, el amor y toda esa mierda, mejor dicho.
Una de las cualidades de esto (la mejor y la peor, de hecho) es la capacidad para hacer extraordinarias las cosas más normales. Sí, exactamente como sale en las películas. Ya nada es igual, ni siquiera comerte un helado o simplemente, andar. Sí, he dicho andar. Puede que esté loca o que haga ya mucho tiempo que dejé encerrada la lógica y la razón, pero nunca he dicho nada más cuerdo.
He andado esta semana por las calles, por las de esta ciudad y por otras,  y mis manos estaban perdidas, volando solas, mis pies daban pasos necios y ningún camino ha sido suficientemente bueno, suficientemente nuestro.
Al principio pensé que era  la magia de los sentimientos pero ¿cómo pude ser tan estúpida? La magia es ella. Ella es magia y hace magia, y ni siquiera lo sabe, por eso es aún más magia. Porque nunca se ha dado cuenta de lo extremadamente bonito que me parece que siempre escoja el mismo sabor de helado y que busque y rebusque en los cuencos hasta encontrar la cucharilla morada. Y luego la guarda, de recuerdo, como un objeto eterno que siempre encerrará ese sabor y esa noche. Ojalá encerrara el sabor de sus labios, o cómo sienta su boca en la oscuridad. Y en la luz. Siempre sienta bien.
Es magia porque no sabe cuántas horas podría mirarla mientras pinta y ni siquiera se imagina cuántas veces he escuchado sus grabaciones y he retado al tiempo viendo girar las manecillas mientras su voz me cantaba.
A veces, cuando cree que no me doy cuenta, se queda mirándome. En la calle, en la cama. Donde sea, siempre lo hace y yo siempre la veo pero nunca, nunca le digo nada porque no sé quién es más feliz en ese momento.
Pero ahora no me mira, y no comemos helado. Ni siquiera le cantamos nanas a esta ciudad cuando la noche se vuelve negra y la tenemos bajo nuestros pies (igual que tenemos el resto del mundo), como siempre hacemos. 
Desde que se fue no hay luz ni magia, sus manos no me tocan y sus ojos no me miran, y su boca me habla pero su cuerpo no.

Quiero que esté aquí, quería que hubiese estado aquí este trece para discutir como siempre si van tres meses, como yo digo, o cinco, como siempre dice ella. Quiero que esté aquí para ver cómo me responden sus preciosos ojos verdes cuando le digo que la quiero. Quiero que este aquí para ver cómo se peina el pelo.
Quiero que esté. Aquí.

sábado, 6 de abril de 2013

Beberte a tragos largos.

¿Recuerdas la primera vez que te montaste conmigo en el coche? Recuerdo que íbamos por una avenida de esas enormes, y el semáforo pasó de verde a ámbar fijo. Yo aceleré, te miré y te dije: "un semáforo en ámbar siempre significa acelerar". Y creo que lo entendiste, porque desde ese día, cambiaste el verde de tus ojos a ámbar fijo, y ahora cada vez que te veo solo puedo aumentar la velocidad. ¿Recuerdas también aquello que te dije sobre el muro hacia el que corría? Pues hoy me he dado cuenta de que no era yo la única que se dedicaba a echarse carreras hacia una pared de ladrillo. 
Cogiste tus ganas y un poco de carrerilla, y te dirigiste a mí sin ninguna intención que no fuese atravesarme, desmantelar mi fortaleza y agrietar la barrera que tenía con los sentimientos. Y la verdad es que no has hecho otra cosa que pegarme balonazos hasta que has conseguido destrozar el obstáculo que había entre el querer y yo y romperlo en pedazos tan pequeños ya no se pueden reunir. Te has reído a carcajadas de mis miedos y has convertido mis frenos en sonrisas. No has parado hasta que has conseguido eliminar todo tipo de muros que pudiese haber entre tú y yo, y te has colado en mi escondite. Y la verdad es que ahora que te tengo tan cerca, no quiero que haya nada más entre nosotras, estar a una distancia en la que no quepa ni el aire, porque cuando estoy contigo me sobra hasta respirar. La verdad es que me he acostumbrado a quedarme sin respiración, porque a menudo me cortas el aliento.
Como cuando te acercas poco a poco, y me miras fijamente. Y tengo tus labios en mi boca, y siempre sin darme cuenta. Y las ganas de comerte me comen por dentro a mí. Tus manos siempre se las apañan para rozar mi piel y tu cuerpo se pega al mío como se pegan los imanes que se atraen inevitablemente. Y cuánto más me besas tú, más me sobra lo demás, hasta que me devoras y ya juro que no existe nada. Y ya no hay aire, y solo existen tus manos, tu cuerpo se estremece y mi piel se viste con tus besos. Consigues que pierda la razón, el sentido y la noción del tiempo. Te has cargado mi estabilidad y te has convertido en mi locura y en su cura. 
Rutina podría ser tenerte en mi cama todas las noches y que me desnuden tus susurros. Tengo el cuello lleno de tus restos y que no es la piel lo único que me estás mordiendo, que el corazón también se resiente. 
Eres jodidamente especial, y a mí nunca nadie me había ganado a recordar. Quiero que te quedes, que no te vayas, y voy a inventarme mil cosas que hacer contigo para hacer muy larga esa lista, para así tenerte atada de algún modo y que no se acaben las excusas para verte a mi lado un poco más. 
No te voy a mentir ni a fallar, lo único que te voy a hacer es falta. Las ganas de ti no se acaban, y me muero por beberme las horas en tus ojos otro día más, y mirarte tanto rato que se cansen hasta los relojes de tener que contar los minutos que gasto en tu mirada.
No tengas prisa ninguna, que no es que yo te regale mi tiempo, es que mi tiempo es tuyo. 

viernes, 22 de marzo de 2013

Estás lloviendo.

Todavía recuerdo el día que compré el billete, y hace ya una semana, y las veces que conté los días que quedaban para entregárselo a la azafata. Tú no lo sabes, pero cada día que ha llovido he contado los días que faltaban, porque sentía que el agua que caía eras tú diciéndome: "Jo Lu, ya queda menos para que asesines este silencio".
Ya me conoces y sabes que la pasión y la intensidad viven conmigo, y recuerdo que el miércoles no podía ni dormir, no sabía ni qué echar de equipaje, porque te prometo que lo que menos me importaba eran las objetos materiales que llevara en las manos, llevaba tantas cosas emocionales que creo que si las hubiera tenido que meter en una maleta, tendría que haber facturado por lo menos cuatro.
Solemos decir que nos gusta hacer planes para luego no cumplirlos, pero esta vez ha sido diferente, porque yo planeé compartir contigo un puñado de buenos momentos, y lo que he conseguido ha sido vivir como si fuera un trozo de ti. Aunque pensándolo bien, supongo que superar las expectativas, sentir más allá de lo que crees que es posible experimentar, también es un modo de no cumplir los planes.
- Qué días más intensos.
- Estando juntas no podía ser de otra manera.
La verdad es que siempre digo que tienes el don de decir las frases adecuadas en los momentos adecuados, pero nunca has estado tan acertada como aquí. Contigo todo es intensidad, por esa manera tuya que tienes de vivir, esa capacidad de exprimir hasta la última gota de sentimiento que se te clave, ya sea de tristeza o de felicidad. Pero sentir siempre es bueno, aunque se sienta dolor, eso es algoque tú me enseñaste. Por eso tú eres tan buena, por eso tu hueco en mi vida siempre está reservado, porque tú eres sentimiento.
He aprendido a sentir, a sentir sin miedo, sin tapujos, a que tengo derecho a estar triste, y que puedo ser feliz sin motivo, que tú me has enseñado que las emociones siempre son bienvenidas. Igual que me has enseñado que la distancia no se mide en kilómetros ni el tiempo en minutos.
A ti, que estás en otro país, que incluso acostumbras a hablar en otro idioma, te tengo más cerca que a la mayoría de las personas que tengo a mi alrededor, que me tocan, me abrazan o me besan incluso, aunque tú ni siquiera me hayas hablado en todo el día.
Tú eres diferente, no te pareces a nadie que conozca, y dudo mucho que nunca lo haga. Y, recuerda lo que hablamos, eres aún más especial porque tú ni siquiera eres consciente de lo distinta que eres del resto. Las conversaciones contigo siempre tienen algo que remarcar, algo que guardar, algo de lo que aprender, y desde que te conozco no he hecho otra cosa que empaparme de ti, y aprender contigo. Pero que te voy a contar yo que tú no sepas. Que me he empapado con tu lluvia.
Si antes eras importante, después de este viaje eres absolutamente irreemplazable, inamovible. Te tengo más dentro de lo que tú te crees, y espero no tener que sacarte nunca. Y lo cierto es que no sé que es lo que realmente puedo aportarle yo a alguien como tú, no sé por qué motivo he tenido el privilegio de conocer tus entresijos y ese mundo interno tuyo, que más que un mundo es un universo, y qué universo. 
Que aunque esté lejos, de ti siempre voy a estar cerca, que yo te voy a amansar cuando salgas, fiera, y cuando quieras reventar contra las aceras. Que a mí no me tienes que mostrar tus cicatrices, que yo las veo en tus ojos. Que he venido feliz de saber que hay gente que te cuida, que no te van a faltar abrazos, aunque nunca van a ser como los nuestros, cuando te deshielas.
Vete al carajo si quieres, pero yo me voy contigo. Que este invierno el cielo ha llorado con más fuerza porque tú no estás, que Supersubmarina ha cantado bajo la lluvia y el mar se está poniendo celoso de esas montañas.
Desde que estás, aquí dentro no deja de llover.

domingo, 10 de marzo de 2013

La armadura de hierro.

No sé cómo explicarte lo que pasó, y esto es algo que realmente me desconcierta, porque describir las situaciones y los momentos es algo que se me da bastante bien, y perder esa capacidad no me ha pasado nunca, o casi nunca.
Irónicamente, creo que el hecho de no poder explicarlo, ya lo explica por sí solo. 
Siempre te he advertido que soy una persona fácil de llevar, pero cuando me cabreo mejor que desaparezcan todos los objetos y todas las personas que tenga alrededor, porque soy más destructiva que el peor de los tsunamis.
De hecho, un tsunami es pacífico, tranquilo, comparado con lo que yo tenía dentro de mi pecho ese día. Hubiera derribado con las manos las paredes si les hubiera dado un par de puñetazos más. Aunque, claro, a ti que te voy a contar. A ti, que provocas temblores de tierra con solo caminar y que puedes derribar al mejor de los ejércitos cuando esos ojos tuyos se inyectan de ira.
Justamente eso fue lo primero que se me vino a la cabeza en ese momento, esa capacidad tuya. Un 'ojalá estuviese aquí' salió de mis adentros sin pensarlo, sin darme cuenta. Fue lo más sincero que he dicho últimamente, y fue la manera más sincera que tuve de echarte de menos. Te eché más de menos que nunca desde que te conozco, y lo hice tan fuerte que creí que casi podías notarlo.
Tú y tu seguridad, eso es lo que me pasa contigo. Ese carácter  tuyo que tienes, que a simple vista es un peligro, pero que, para mí, es más un seguro. Tú eres mi seguro, y si hubieras estado allí, me hubiera faltado cualquier cosa menos tu seguridad. Porque sé que te partirías la cara si hiciera falta, y te la partirías por mí, y, no me malinterpretes, no quiero que lo hagas, pero saber que serías capaz me hace estar tranquila. Y hacerme sentir tranquila es algo que no es fácil, y que no todo el mundo consigue.
Aunque no te lo creas, es algo que había olvidado. Hacía un siglo que no me sentía tranquila, y ahora me pasa solo con saber que tú me vas a defender. Ni siquiera me hace falta ver cómo te pegas para estar tranquila, solo con estar ya eres mi escudo. 
Tú, que encima lo haces sin querer. Es una manera tuya de cuidarme, y creo que tú ni siquiera lo llegas a notar. Porque me cuidas, aunque intentes disimularlo, aunque te escondas detrás de esa imagen tuya de dura, aunque creas que por hacerlo eres más vulnerable, lo haces. Queriendo y sin querer. Y la verdad que tu armadura es algo de lo que no me gustaría prescindir, es especial esa forma que tienes de protegerme.
Me tratas mejor de lo que te das cuenta, me cuidas sin pensarlo y, posiblemente, te importe más de lo que parece.
Tú, la rubia de la mala hostia, esa niña a la que tantas veces he visto reventar, como un volcán en erupción. A ti, que te he visto acojonar a personas a las que poca gente se atrevería ni a mirar. Quién iba a decir que era la misma rubia que arde en llamas si me tocan, la misma rubia que podría quedarse una noche en vela si te digo 'no te vayas'.
No me esperaba este instinto tuyo para cuidar(me), pero la verdad es que se te da muy bien.


viernes, 8 de marzo de 2013

Que te hubiera escrito uno por cada minuto que pensaste en mí, y te hubiera dedicado una línea por cada vez que has tenido miedo. Que agarré el móvil con todas mis fuerzas por si me buscabas, para que no tardases ni un segundo en encontrarme. Porque siempre que me buscas estoy, porque yo siempre quiero que me encuentres.
Pero no puedo encontrarte si soy yo la que me pierdo, no puedo buscarte si me tiemblan las manos del miedo. Aunque si te dijera que eso me vence, mentiría. Que a mí el miedo se me pasa, que con un gilipollas se me alivia, y cuando pasa un rato se me olvida. Y lo cierto es que se me olvida porque en realidad no tengo miedo.
Si me quemo es porque me gusta tu hoguera, y por mí no te preocupes que cuando me vengo abajo, luego me levanto más fuerte.
Sin embargo, no me perdono robarte ni un segundo de sonreír, que me maten si tiño ese verde de tristeza. Que estar en ti te haga feliz y que yo sea la mejor medicina para tus noches. Para tus noches y tus mañanas, que yo quiero que sueñes y no que tengas pesadillas.
Que no te voy a negar que me encabrona ver como te alejas, que no te voy a negar que se apodera de mí una tormenta cuando me estás diciendo adiós. Pero que yo, contigo, a las tardes de tormenta las contemplo desde los asientos de mi coche. Que parece que amanece cuando me escribes, cuando vibra y eres tú, y más aún cuando lo haces a escondidas, jugándote la boca por echarme de menos.
Hace una hora tenía encima mía una nube, una nube de esas horribles que tiñen de gris todo lo que tocas, y de pronto me he acordado de ayer. De ayer de madrugada, de ti despertándote, y de la cara que se me puso. Y ya no sé dónde está la nube ni me acuerdo qué color es el gris.
Que si me acosutmbro a echarte de menos es porque lo hago constantemente, cada vez que estás un poco lejos. No nos engañemos, sí que me hubieras cuidado. Y, reconozco, que la primera imagen que he tenido esta mañana me ha hecho levantarme más contenta.
Yo no lo voy a invitar, pero no sufras, porque sí sufres yo no puedo.