martes, 5 de marzo de 2013

Entrando sin llamar.

No sé en qué momento le abro la puerta de mi vida a alguien. No sé en que momento llaman a mi puerta y yo, amablemente, les invito a pasar. Lo cierto es que normalmente cuando alguien entra en un sitio, primero se queda en la puerta y luego se adrenta poco a poco. También es cierto que eso en mi  vida no pasa, yo abro la puerta y, cuando quiero darme cuenta, ya se han quedado a vivir.
A veces me paro a pensar cuándo entraron, cómo lo hicieron, por qué se instalaron. Normalmente no me acuerdo.
Supongo que eso es lo bonito, que no hay un hecho que marque la diferencia, sino que las personas se ganan, sin saberlo, un sitio en tu vida poco a poco, con las pequeñas cosas.
Una vez más son las pequeñas cosas las que marcan grandes diferencias. Porque una persona más siempre es una gran diferencia: es un par de sonrisas más al día y un par de lágrimas más cuando se va. 
Y sí, desgraciadamente, todo el mundo se va. Supongo que por eso a veces me arrepiento de abrir tan rápido mis puertas, porque igual que se abren para pasar, se abren para decir adiós, y decir adiós es algo que nunca me ha gustado. Es algo que no sé hacer.
Creo que esa es la razón de que cogerle cariño a alguien me parezca un abismo, como asomarte desde lo alto de un rascacielos. Es una sensación de vértigo parecida a tirarte al vacío, al final siempre te va a doler. Cada vez que me doy cuenta de que me estoy encariñando de la manera que sea con cualquier persona siento una presión en el pecho, siento verdadero miedo y unas ganas tremendas de salir corriendo, de alejarme. Pero ya es tarde. En ese momento solo me queda intentar frenar ese amor o dejarlo correr hasta que vuelva a abrir la puerta para despedirme.
Llega un momento en el que solo me queda luchar para que no se vayan.
Quizás debería aprender a preguntar antes de abrir la puerta: ¿cuánto tiempo vas a quedarte?

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