No me tiembla el pulso cuando tengo que marcar tu número. Las sesiones de películas, apocalipsis y palomitas se han ganado un hueco en mi rutina. Rutina como aquellas otras que se suceden día tras día al montarnos en el ascensor, o esa manera de mantener conversaciones paralelas al resto del mundo que esté en la misma habitación solo con un diálogo de frases hechas y comentarios anecdóticos.
La verdad es que los cuchillos balísticos se han convertido en el arma más letal y que tu manera de satirizar hasta un entierro me amortigua bastante los golpes.
Te has convertido en la esperanza de mis noches, la llamada de emergencia del insomnio cuando padezco el síndrome de la cama vacía y el único honeybunny capaz de entender lo que significa, realmente, un ohmanaso, y de los gordos.
Reconozco que tienes un don innato para pegarme puñetazos en forma de canción pero tengo que admitir que has conseguido ganarte un gran sitio porque eres inigualable a la hora de escuchar sin juzgar, por eso te apareces en mi mente cuando pasa cualquier hecho significante en mi desequilibrada vida. Por eso, y porque siempre estás.
Ahora que ya has entrado, no puedo dejar que te lances sola a las zarpas de las locas de este mundo. Si no te vas, te hago un cola cao todas las mañanas.
Y eso que eres una zorra hija de puta.
Es el verbo en carne viva.
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